Ideología, poder y la lenta autodestrucción del saber
Por Martín Eduardo Botero boterooffice.com @boteroitaly

La universidad no nació para confirmar certezas morales ni para producir activistas ilustrados. Nació para incomodar al poder, no para fusionarse con él bajo una bandera ideológica. Cuando la academia se alinea de forma acrítica con una sola visión del mundo —sea de derecha o de izquierda— deja de ser universidad y se convierte en aparato cultural.
Hoy, demasiadas universidades de élite son fábricas de dogmas, donde disentir es pecado y la ideología sustituye al conocimiento.
Cuando una universidad abandona la neutralidad intelectual, pierde el derecho a reclamar inmunidad política.
Cuando adoctrina, deja de educar.
Cuando censura, deja de ser universidad.
La historia es implacable con estas derivas.
Las instituciones que confunden prestigio con impunidad terminan perdiendo ambos.
Durante siglos, la universidad fue el lugar donde el poder debía justificarse ante la razón. Hoy, en demasiados casos, se ha convertido en el lugar donde la ideología se protege de la razón.
No se trata de conservadores contra progresistas. Se trata de universidades contra su propia misión histórica.
No es casual que la desconfianza hacia estas universidades no provenga solo de sectores conservadores estadounidenses. Países externos al mundo occidental —incluidos algunos Estados musulmanes moderados— han comenzado a retirar reconocimiento académico y financiación a centros británicos y estadounidenses. No por censura ideológica, sino por evaluación de riesgos y estándares.
El mundo ya está reaccionando: menos fondos, menos prestigio, menos confianza.
No por autoritarismo.
Por autodegradación.
El mensaje es claro:
cuando la universidad deja de formar y comienza a adoctrinar, pierde credibilidad global.
Lo más grave no es que Trump confronte a Harvard.
Lo verdaderamente grave es que Harvard —y otras— hayan olvidado por qué existen.
Si la universidad occidental quiere sobrevivir como referente civilizatorio, deberá hacer algo mucho más difícil que resistir a Trump o a cualquier otro presidente:
deberá resistirse a sí misma, a su tentación de superioridad moral, a su miedo al debate y a su cómoda alianza con la ideología dominante.
De lo contrario, el juicio ya está en marcha.
No vendrá de un gobierno.
Vendrá del mundo.
Amen
Artículo tomado de Twitter ddel autor arriba mencionado. Un artículo para analizar. Le recmiendo visitar su link en Twitter. Su imparcialidad política y un ajuste a la realidad lo hace digno de seguir leyendo sus comentarios, ensayos.
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